La clase, de Laurent Cantet. Pedagogía y cine.
Francia es un país de tremendos contrastes con una tradición cultural apabullante. En literatura, pintura, teatro o en la disciplina que nos suele ocupar en este blog, el cine, sus propuestas han sido demoledoras y su alcance universal. Basta recordar el origen de la tecnología en sí misma, gestada en la cocina de los prodigiosos hermanos Lumiere, o los maravillosos viajes lunares de Georges Melies para concederle a la cinematografía gala el crédito que merece. Un repaso a su historia nos permite encontrar nombres como el de Jean Renoir -¿alguno acaso sigue sin ver su insuperable “El río“, quizá la mejor película rodada por ser humano alguno?, Truffaut y el impacto de su Nouvelle vague, el gran Louis Malle o Claude Sautet, que certifican la garantía y la eterna buena salud de una escuela reconocible y a la vez diversa -comparar a Sautet con Chabrol no tendría sentido, por ejemplo-.

La enseñanza como vocación.
Desde aquella “Llegada del tren a la ciudad” de los Lumiere fechada en 1895 hasta 2008, ha llovido, pero películas como La Clase -Entre les murs, de Leonard Cantet- consiguen cerrar un círculo imaginario en el que el medio cinematográfico alcanza su completo esplendor, no tanto en el modo de contar sino en el alcance de lo que se cuenta, la ambición de hasta donde se pretende llegar como cineasta y el entramado de relaciones entre la ficción propuesta y su reflejo en la sociedad. En mi opinión, y para cualquier disciplina artística, cuando el arte y la sociedad se confunden de tal manera, asistimos a un espectáculo total, a la verdadera medida del arte, a su expresión definitiva.

La clase como escenario.
Laurent Cantet, autor de la interesantísima y jaleada por muchos “Recursos humanos” y la reveladora “Hacia el sur“, atesoraba trazas de director con mirada propia y una perceptible sensibilidad social, pero es en “La Clase” (excelente -sic- traducción del original “Entre les murs”) donde elimina cualquier artificio para filmar la esencia de una realidad apabullante y universal que nos golpea a diario y que condiciona y define a las generaciones venideras. La pedagogía, disciplina en la que Francia es pionera y abanderada -gracias por el dato, Difusa- es en esta película diseccionada bajo el bisturí de una cámara pocas veces más humana, pocas veces menos perceptible y a la vez mas presente en el transcurrir de una historia que no es ni comedia ni tragedia sino un acto de vida que transcurre ante nuestros ojos.

La literatura como ariete.
Hoy en día, cuando muchos se asustan de determinadas actitudes en unos hijos a los que directamente no reconocen -basta citar el escalofriante caso de la méndiga del cajero de Barcelona o los múltiples casos de acoso en colegios e institutos-, “La Clase” nos ofrece la posibilidad de asistir, como testigos privilegiados, al trabajo de un profesional de la enseñanza, François Bégaudeau, autor de la novela en la que se basa su guión y protagonista de la película, personaje para el que valientemente guarda aristas que condicionan su devenir y en el que encarna la pelea diaria de un colectivo que se faja por iluminar las mentes de niños y jovenes en muchos casos irreductibles. La historia en concreto plantea, durante un curso escolar -si bien la cronología de la historia no importa-, el modo en que François, tutor de una clase de secundaria de París, intenta sujetar las riendas de un grupo heterogeneo y conflictivo, en el que laten un gran número de las cuestiones que dinamitan la idea que los más ilusos puedan tener sobre una Europa unida.

Merecidísimo triunfo en Cannes
Integración racial, sentimiento de pertenencia al país, la busqueda de un modelo educativo que sencillamente funcione, la propia rebeldía juvenil y el sentimiento de afirmación que subyace en el cuestionamiento de la autoridad dibujan un lienzo de gran viveza y detalle; la imposibilidad de sujetar a un alumno problemático trasciende la normativa y los procedimientos del instituto -lo local- para terminar cuestionando la propia esencia pedagógica -lo universal-, la inutilidad de cualquier acto educativo y a la vez la feroz carga de futuro y esperanza contenida en el momento en el que una transferencia educativa -o meramente emocional- ocurre entre un profesor y su alumno. Si a esta propuesta, ya de por si estimulante, le unimos el acierto de Cantet a la hora de plantear una realización cristalina, una plena inmersión en el corazón de lo que filma y una progresiva fusión entre la ficción y la propia realidad, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que nos encontramos ante un film mayor, una de las películas capitales de la década y un nuevo recordatorio de que en Francia sigue latiendo el corazón de esta vieja y castigada Europa.
Esta entrada fué posteada el Lunes, 19 Enero 2009 a las 18:17 y está almacenada en Cine, Literatura. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada en el RSS 2.0 feed. Puedes dejar una respuesta, o hacer un trackback desde tu propio sitio.



Difusa 22 Enero 2009 a las 1:08
“Es responsabilidad del educador provocar el deseo de aprender”…dice el gran pedagogo tambiénfrancés Philippe Meirieu y esta frase sonaba constantemente en mi cabeza mientras veía esta película.
El proceso de educar/se es terriblemente complicado, como la vida.
En fin, que yo aún sigo con la boca abierta de la impresión que te da al ver algo que te llega de momento, te remueve todo y te deja con una sensación mexcla de verdad profunda y sincera impotencia ante lo vivido. Vamos, que vayan a verla.
Por si alguien quiere saber más…http://didac.unizar.es/jlbernal/did1_PhilippeMeirieu.pdf