Watchmen & Gran Torino, variaciones sobre el concepto de heroicidad.
El 6 de Marzo se estrenaron dos películas de distinto sesgo, en principio incomparables y ambas pacientemente esperadas por los aficionados al séptimo arte: Watchmen, de Zack Snyder, y Gran Torino, de Clint Eastwood. Snyder, tras las efervescentes “Amanecer de los muertos” y “300“, se lanzó a la mastodóntica tarea de filmar el prestigiosísimo cómic de Moore; proyecto acariciado por muchos desde hace más de una década, finalmente es estrenado y en apenas una semana tenemos batacazo en taquilla, peticiones desesperadas de los guionistas a los devotos de “la cosa” para que repitan visionado -que peligra el variable de taquilla- y ríos de tinta y bytes sobre un proyecto ambicioso, en esencia muy pretencioso y brillante en contadas ocasiones -casi todas relacionadas con el personaje de Rorschach-. No voy a perder más tiempo con esta película que con las casi tres eternas horas de visionado ya tuve bastante; se habla de fidelidad en la transposición del cómic a la pantalla, de una magistral deconstrucción de la figura del heroe -en abstracto- a la manera Homérica, de una experiencia cinematográfica definitiva comparable a las que supusieron en su día Blade Runner o Sin perdón, en suma. Para el que escribe, Watchmen es un ladrillo muy bien pintadito para que parezca bonito, un peñazo glacial que con el tiempo será recordado como el Dick Tracy de la prímera década de siglo. Veo a ese metaNixon “deconstruido” de Snyder, pienso en el Nixon de Langella en El Desafío y no puedo evitar la carcajada. Y a los que enarbolan la bandera de la fidelidad a la obra original, las ciudades en el comic son destruidas por un calamar gigante; si somos fieles, seámoslo del todo. El tiempo hablará.

Why so sad?
Afortunadamente, en este mundo de cineastas lactantes y autores maduros aún quedan artistas de una pieza; Clint Eastwood ya amenazó (y esto si que supone una verdadera amenaza y no las rabietas de Ozymandias -Ozzy para los entendidos-) con retirarse tras “Million Dollar Baby”. Afortunadamente, el viejo se desdijo y realizó dos películas en 2008, El Intercambio -empeño correcto y desapasionado al mismo tiempo- y Gran Torino, donde el bueno de Clint parece que, esta vez sí, se despide del público con una dosis concentrada de cine heróico. Walt Kowalsky -nueva carta en el poker de personajes legendarios que Eastwood nos va a dejar- es un viejo huraño que, tras perder a su mujer, sólo pide que le dejen tranquilo. Alejado de su familia e incapaz de cumplir el último deseo de su mujer de tomar confesión, observa con desagrado a su vecindario, integramente compuesto por inmigrantes asiáticos. Un incidente levanta la espoleta de una situación arbitraria e injusta en la que él puede y debe tomar partido. A pesar de todos los inconvenientes y las reticencias iniciales, la vida se abre camino y al viejo Walt se le ofrece la oportunidad de redimir antiguas culpas regalando a su nuevo e inesperado púpilo el bien mas preciado que se puede entregar, la libertad.

El wax on, wax off eastwoodiano
Gran Torino es basicamente esto, una historia de mecenazgo y aprendizaje, un tratado de malas maneras que esconden sentimientos perfectos. Eastwood, como hombre viejo que vislumbra el final del camino, siente la necesidad de transmitirnos la llama de lo necesario -frente a las permanentes contingencias de Watchmen-, y de esta manera nos entrega este relato de sacrificio puro en el que el mentor enseña a su púpilo lo que es, le deja lo poco -o mucho- que tiene y se inmola para que enmudezcan las amenazas y así allanarle el camino a su alumno en un soberano acto de vida.
Gran Torino no es perfecta, como Million Dollar Baby tampoco lo era, pero en su metraje es tal el grado de autenticidad que uno observa -algo también presente en la magistral The Wrestler- que es imposible no dejarse llevar por la emoción. Conmovedor es el modo en que Eastwood trata la (ausencia de) relación entre padres e hijos -temática continuamente presente en películas de Eastwood como Los puentes de Madison o El aventurero de Medianoche-, el aprendizaje -motor de Million Dollar Baby, El Jinete Pálido, Un mundo perfecto o Sin Perdón- y el sacrificio y su carga expiatoria -Mystic River o de nuevo El Jinete Pálido-. Podríamos calificar de milagrosa la evolución desde aquel lejano ya Eastwood primitivo y sanguinario de los westerns de Leone a este anciano petreo y a la vez profundamente humano que emociona a golpe de plano y casi sin pretenderlo. El cine, -el de Eastwood y en general-, desde la fortaleza del entendimiento del hombre que otorga la experiencia bien asimilada, se construye con materiales imperceptibles que sumados forman un todo colosal.

Bang, bang...Habemus icono inmortal: la pistola de Walt.
Se ha comentado la carga paródica de la interpretación de Eastwood; hay mucho humor en la película, cierto, las secuencias de Walt con Thao en la peluquería y en la oficina del encargado de la obra amigo de Walt son irresistibles, y el modo animal en que Walt gruñe y masculla ante lo que le desagrada hiperboliza su perpetua pose; la ya legendaria “pistola de Walt” podría ser paródica pero a mi se me antoja demoledora: Kowalski encuentra la manera de hacerse respetar en un mundo que se desmorona; su arma de pega y el modo en que hostiga las amenazas que acechan al joven Thao son en mi opinión el broche perfecto a una trayectoria ejemplar. En suma, aún riéndose de si mismo, Eastwood nunca deja de tomarse (y tomarnos) en serio.
Para terminar, y como mención a la secuencia final de la probable última película del maestro, incluyo el regalo que se han hecho Jamie Cullum -otro gran aprendiz- y Eastwood colaborando en la canción que da título a la cinta. En la película, como un majestuoso easter egg, la canción esconde un regalo precioso que a mi particularmente me emociona sólo de pensarlo -en el player de ésta página para los impacientes-. Películas como Gran Torino, The Wrestler o El curioso caso de Benjamin Button renuevan mis votos de amor por el CINE.
Clint, no te mueras nunca.
Esta entrada fué posteada el Domingo, 15 Marzo 2009 a las 13:04 y está almacenada en Cine, Publicidad. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada en el RSS 2.0 feed. Puedes dejar una respuesta, o hacer un trackback desde tu propio sitio.



Sergio Arán 16 Marzo 2009 a las 15:07
Uf… estoy de acuerdo en todo. Ah! Espera! No! No estoy de acuerdo: Watchmen es una película fantástica.
Lo que ataca al final de Watchmen en el cómic no es exactamente un calamar gigante. Es una invasión extraterrestre. De todas maneras, hay muchos elementos en el cómic que no salen en la peli, simplemente, es una buena visualización del cómic y lo importante es “por qué se produce esa invasión o por qué se destruye parte de una ciudad”. Nada más que eso.
Por otra parte, supongo que cuando te refieres a la última película de Eastwood, lo haces como actor, porque como director tiene tropecientos proyectos en marcha…
Y sí, amigo, el tiempo pondrá a Watchmen en su sitio: la estantería de mi casa.