Cary Grant
Como bien discutíamos Volga y yo hace meses, cada vez se hace mas pesado escribir una entrada de blog decente cuando existen varios canales -Facebook, Twitter- que facilitan la comunicación con tu entorno. Pasan las semanas y observas como la fecha de actualización pasa de días a semanas y de semanas a meses. Tengo un borrador sobre Michael Caine y otro sobre Antonio Vega, pero falta tiempo para decir algo que sume a lo que ya hay escrito. Si no lo vas a hacer bien, no lo hagas.
Acabo de terminar la biografía de Cary Grant escrita por Marc Eliot, y tan grata ha sido la lectura que, aparte de recomendaros encarecidamente el libro, quiero compartir mi impresión sobre esta figura legendaria que, aún hoy, nos observa sosegado desde su olimpo. Cuesta reconocer en el Archibald Leach (1904-1986) que Eliot disecciona en su trabajo al actor que encandilaba al mundo entero, y acabas por vislumbrar, bajo el fulgor deslumbrante de la estrella, al ser humano que peleó con encono por aceptarse y que acabó poniéndose el mundo por montera. Coetaneo de la mejor generación de actores que ha dado Hollywood -los Fonda, Stewart, Cooper o Bogart-, les superó, si eso es posible, en carisma y reconocimento popular; resultaba imposible contener la emoción que Grant, en primer plano, suscitaba en su público. Aún hoy, revisando su maravillosa carrera, sentimos una instantanea corriente de simpatía por el hombre atribulado, perseguido por fuerzas mayores que él a las que acaba derrotando por un golpe de un destino al que se resiste a ceder. Viendo en perspectiva su filmografía, comprendemos que a Grant le preocupaba mostrarse elegante y humilde al mismo tiempo, tal y como gustaba de manifestarse en su vida cotidiana.

La santísima trinidad: Grant, Hepburn y Stewart
Eliot, describiendo la llegada de Archie Leach a Estados Unidos, nos presenta al actor en ciernes, inseguro y a la vez hambriento de gloria. Obviamente, lo de Cary Grant, en virtud de su imponente presencia, era cuestión de tiempo, y no tardó en encontrar las personas ni en tomar las decisiones adecuadas para asaltar con garantías la meca del cine, un escenario para el que debería luchar con las primeras espadas del star system. Hoy, cuando se recuerda a Grant, rapidamente sale a la palestra la cuestión de su presunta homosexualidad, así como sus coqueteos con el LSD, profundamente liberadores para él, aunque posteriormente matizara su entusiasmo. Sobre su amistad con Randolph Scott, la biografía no deja lugar a dudas; Grant y Scott fueron pareja durante los primeros años de Grant en Hollywood, y hasta es posible que Scott fuera su mitad perfecta. En un tiempo de prejuicios, y en un entorno donde Grant era deseado por todo el mundo, tanto su orientación sexual como su manera de manifestarla despiertan admiración. Dueño de su destino, superó el recelo de los demás y siempre manejó esa parcela de su vida con una exquisita prudencia. Más discutibles parecen otros comportamientos -su famosa y proverbial tacañería o el modo en que se comportó con su cuarta mujer Dyan Cannon-, pero ningúno de los actos reprobables en su vida privada, ninguno imperdonable de hecho, soporta la comparación con el peso y la relevancia de su carrera cinematográfica, jalonada de éxitos, de obras maestras, plena de riesgos y hallazgos.

Hitch descubriendo el lado oscuro del galán
Muy criticado durante los años cuarenta por el establishment hollywoodiense por su decisión de escapar a la tiranía que los grandes estudios aplicaban a sus estrellas, sometiéndolos a contratos de larga duración que dejaban sus carreras en manos de los Selznick y Mayer de turno, Grant venció en una lucha en la que otros como Ronald Colman sucumbieron. Pionero en la obtención por contrato de porcentajes por beneficios, supo moverse con cintura sorteando algunos de los temas más espinosos de su tiempo: la participación en la segunda guerra mundial, que le llevó a una vodevilesca situación en la que se vieron implicados el mismísimo Hoover y su futura segunda esposa Barbara Hutton, a la que espió, o la toma de partido ideológica a la que el Comite de actividades antiamericanas del infame Mccarthy obligaba, cuyas consecuencias esquivó, no sin notorios problemas, a pesar de su simpatía por las ideas de izquierda. Llegados a este punto, en 1953 y rozando la cincuentena, adquieren un sentido épico sus declaraciones de apoyo al entonces cuestionado Charles Chaplin, al que curiosamente Grant apenas conocia personalmente: “Chaplin ha proporcionado enorme placer a millones de personas y espero que vuelva a Hollywood. Personalmente no creo que sea comunista, pero, sea cual sea su filiación política, es algo secundario frente a su grandeza como estrella del espectáculo. No deberíamos pasarnos de la raya”. Esto, como bien sabe nuestro querido Sergio Arán, es algo que el gran James Stewart jamás hubiera hecho.

El rey del primer plano.
Cinco mujeres, setenta y cuatro películas -de las cuales más de una decena son obras capitales en la historia del cine-, un oscar honorífico que compensó una espera que en ocasiones hizo enfurecer al actor, perpetuo candidato al premio y siempre ignorado en el último momento, muchas de las veces en respuesta a su descarada oposición a los estudios y las servidumbres que solían aplicar a sus estrellas, Cary Grant aparece hoy como uno de los íconos mas reconocibles y legendarios del séptimo arte. Y como prueba de ello, y aún asumiendo lo dificil del cometido, rescato la que es en mi opinión la secuencia mas representativa del cine de Grant. Mencionar que por entonces el amigo Grant tenía 55 castañas y destacar a lo largo de toda ella el inconmensurable talento de su director a la hora de componer imágenes y de moldear la acción en el espacio y en el tiempo que manejaba. En concreto el fragmento que va del 1:48 al 2:05 creo que es insuperable, tanto desde la dirección como desde la interpretación. Que la disfruteis.
Esta entrada fué posteada el Jueves, 11 Junio 2009 a las 23:27 y está almacenada en Miscelanea. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada en el RSS 2.0 feed. Puedes dejar una respuesta, o hacer un trackback desde tu propio sitio.



admin 12 Junio 2009 a las 14:40
Es la grandeza de Hitch, hacer que Thornhill se sienta atrapado como un insecto en semejante espacio abierto.
El tiempo (casi siempre con el objeto de dilatarlo y estirarlo como un chicle) siempre ha contado para Hitchcock, y esta secuencia no es una excepción.
Del libro me ha gustado su transformación personal al adentrarse en el espinoso mundo del ácido lisérgico; eso y que su mujer Betsy le sometiera a sesiones de hipnosis resulta muy curioso. De todos modos, el libro es muy certero cuando apunta al encuentro con Hitchcock como el momento trascendental en su carrera, sobre cómo este supo trasladar al gran público las tinieblas que guardaba Archie dentro de él.
¿Que maestro Hitchcock siempre, verdad?