Son de mar, odisea mediocre.
No existe un lugar común mas grande que la recurrente consideración del cine español como un cadaver andante. Desgraciadamente, todo tópico esconde una verdad irrefutable, y en este caso, Son de mar (2001) de Bigas Luna, no es una excepción. Llegué a ella gracias a una sabia recomendación que puso en mis manos la novela original de Manuel Vicent, una historia de amor mediterranea que transmite sensualidad y desgarro y en la que dos amantes, Ulises y Martina, se encuentran y desencuentran hasta cerrar sus idas y venidas con una decisión que los vinculará para siempre. El libro, deudor de la odisea clásica de Homero, repite figuras y situaciones tales como el viaje de Ulises, el retorno, la espera de una Martina que se convierte en una moderna Penélope, y funciona con precisión como ejemplo de amor trágico e inmortal.

Ulises y Martina enamorados
Cuesta comprender las razones que llevaron al gran guionista Rafael Azcona (otro lugar común de nuestra cinematografía, la pretendida grandeza de algunos) a adaptar el original de una manera tan limitada y mediocre, o qué oscuras motivaciones condujeron al “gran creador” Bigas Luna -poderoso creador de icónos eróticos pero pésimo cineasta, como bien demuestra en este trabajo- a destrozar la inmensa película que la novela de Vicent llevaba dentro. Causa desazón recordar el visionado de La puerta del cielo de Cimino la semana pasada y comparar la minuciosa creación que un artista como Cimino lleva a cabo en cada plano, y el modo mecánico en que Bigas junta planos mal rodados en su largometraje, pésimamente fotografiado por un Alcaine acomodado y poco esforzado. Es Son de mar una película fallida de principio a fín que convierte la riqueza metaforica y descriptiva del texto en Vicent en una masa de acciones mal ensambladas, muy mal interpretadas -y aquí liberamos de culpa a una luminosa Leonor Watling, que se acerca a la Martina original- y lamentablemente dirigidas.

Martina sacia su sed, el hambre tendrá que esperar.
En todo caso, gran culpa del desaguisado la tiene un Azcona que pareció no entender ni el tono de la novela ni la imaginería mediterranea que incorpora. En el texto original, cuando el constructor Sierra, segundo marido de Martina, descubre que ella lo engaña, este compra un caiman al que cuida y alimenta con esmero y luego utiliza como instrumento de venganza; en la película, sin embargo, esa motivación fundamental desaparece y el caiman aparece y desaparece sin ningún tipo de sentido dentro de la historia, como un mero símbolo del poder y la ambición del constructor. Del mismo modo, momentos esenciales como el retorno de Ulises, resuelto en el libro con contundencia, en la película resulta artificial y absolutamente increíble, aunque en esto tiene gran parte de culpa un Jordi Mollá sencillamente infumable, una elección de casting desafortunada que transita por la película sin alma -algo fundamental por el modo en que su personaje termina conquistando a Martina en el texto de Vicent-. En este punto, las carencias de Azcona, Bigas y Mollá convergen ya que en la novela el progresivo desencanto que Ulises va experimentando ante la perspectiva de atarse a Martina, al hijo en camino y a una vida sedentaria y exenta de aventura, se nos cuenta de una manera escalonada y veraz mientras que en la película el viraje del personaje nos atropella en un par de planos y frases casi inconexas; no es creíble que Ulises llore de alegría al ver a su hijo recien nacido y que en el siguiente plano confiese a su amigo estar harto de todo.

Cartel de la película
Por esto y por el modo en que Azcona elimina escenas y personajes, secundarios en principio, pero fundamentales para la comprensión tanto de la historia como del tono en que se nos transmite -la historia de Jorgito, la de Jonás, la secuencia de Yul Brinner y Martina, inexplicablemente eliminada en la película-, y también por el pretendidamente poético final con los dos actores desnudos en las mesas de autopsia reviviendo y entregándose el uno al otro, resuelto de forma admirable en la novela y absolutamente patético en pantalla, podemos concluir que el conjunto alcanza una sima de mediocridad absoluta, de la que se salvan algunos planos aislados que revelan esa intuición de Bigas que muchos confunden con magisterio -el plano de las bragas chorreando, presente en la novela, o la imagen de Martina exprimiendo la naranja, invención del tándem Bigas-Azcona y muy poderosa-. Si a ello le sumamos el persistente empeño de Bigas en mostrarnos a la Watling follando de todas las maneras posibles en un encadenado de planos desafortunado, nos encontramos ante la prueba irrefutable de que el lugar común que sentencia a nuestro cine es una realidad que no puede negarse.
Esta entrada fué posteada el Jueves, 13 Agosto 2009 a las 19:03 y está almacenada en Cine. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada en el RSS 2.0 feed. Puedes dejar una respuesta, o hacer un trackback desde tu propio sitio.



Difusa 18 Agosto 2009 a las 22:57
Gran novela, mierdosa peli…totalmente deacuerdo contigo…¿por qué será? :P